What is Catechesis?

Catechesis is nothing other than the process of transmitting the Gospel, as the Christian community has received it, understands it, celebrates it, lives it and communicates it in many ways.” (General Directory of Catechesis #105) Jesus empowered the church of continue His mission when he said: Full authority has been given to me both in heaven and on earth; go, therefore and make disciples of all nations. Baptize them in the name of the Father, and the Son, and the Holy Spirit. Teach them to carry out everything I have commanded you. And know that i am with you always, until the end of time. (Mt. 23:18-20)

This great commission has been handed to women and men, whom God has called, to proclaim the Good News. This ministry of teaching and forming has traditionally been referred to as catechesis.

The name of catechesis was given to the whole of the efforts within the Church to make disciples, to help people to believe that Jesus is the Son of God…and to educate and instruct them in this life and thus build up the Body of Christ. (Catechesi Tradendae #1)

The word catechesis comes from Greek meaning “to echo the teaching” meaning that catechesis or the teaching of the faith is an interactive process in which the Word of God re-sounds between and among the pro-claimer, the one receiving the message, and the Holy Spirit! Catechesis is a life-long process of initial conversion, formation, education, and on-going conversion. Through word, worship, service and community, it seeks to lead all God’s people to an ever deepening relationship with God who reveals himself in Jesus Christ through the power of the Holy Spirit. Catechesis takes many forms and include the initiation of adults, youth and children as well as the intentional and systematic effort to enable all to grow in faith and discipleship.

Many people recall the term C.C.D. which stood for the “Confraternity of Christian Doctrine” which served parishes in their efforts to provide religious education to children who attend public schools. Today, we have retrieved the notion of chatechesis to capture the broader mission of the Church to proclaim the Gospel to adults, youth and children in order to “put people in communion with Jesus Christ” (Catechism of the Catholic Church #462)

 

SER CATEQUISTA SIGNIFICA:

“Guias al encuentro con Jesús con las palabras y con la vida, con el Testimonio”

 

 

 

El martirio de San Juan Bautista Año 30

El martirio de San Juan Bautista
Año 30

El evangelio de San Marcos nos narra de la siguiente manera la muerte del gran precursor, San Juan Bautista: “Herodes había mandado poner preso a Juan Bautista, y lo había llevado encadenado a la prisión, por causa de Herodías, esposa de su hermano Filipos, con la cual Herodes se había ido a vivir en unión libre. Porque Juan le decía a Herodes: “No le está permitido irse a vivir con la mujer de su hermano”. Herodías le tenía un gran odio por esto a Juan Bautista y quería hacerlo matar, pero no podía porque Herodes le tenía un profundo respeto a Juan y lo consideraba un hombre santo, y lo protegía y al oírlo hablar se quedaba pensativo y temeroso, y lo escuchaba con gusto”. “Pero llegó el día oportuno, cuando Herodes en su cumpleaños
dio un gran banquete a todos los principales de la ciudad. Entró a la fiesta la hija de Herodías y bailó, el baile le gustó mucho a Herodes, y le prometió con juramento: “Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino”. La muchacha fue donde su madre y le preguntó: “¿Qué debo pedir?”. Ella le dijo: “Pida la cabeza de Juan Bautista”. Ella entró corriendo a donde estaba el rey y le dijo: “Quiero que ahora mismo me des en una bandeja, la cabeza de Juan Bautista”. El rey se llenó de tristeza, pero para no contrariar a la muchacha y porque se imaginaba que debía cumplir ese vano juramento, mandó a uno de su guardia a que fuera a la cárcel y le trajera la cabeza de Juan. El otro fue a la prisión, le cortó la cabeza y la trajo en una bandeja y se la dio a la muchacha y la muchacha se la dio a su madre. Al enterarse los discípulos de Juan vinieron y le dieron sepultura (S. Marcos 6,17). Herodes Antipas había cometido un pecado que escandalizaba a los judíos porque esta muy prohibido por la Santa Biblia y por la ley moral. Se había ido a vivir con la esposa de su hermano. Juan Bautista lo denunció públicamente. Se necesitaba mucho valor para hacer una denuncia como esta porque esos reyes de oriente eran muy déspotas y mandaban matar sin más ni más a quien se atrevía a echarles en cara sus errores. Herodes al principio se contentó solamente con poner preso a Juan, porque sentía un gran respeto por él. Pero la adúltera Herodías estaba alerta para mandar matar en la primera ocasión que se le presentara, al que le decía a su concubino que era pecado esa vida que estaban llevando. Cuando pidieron la cabeza de Juan Bautista el rey sintió enorme tristeza porque estimaba mucho a Juan y estaba convencido de que era un santo y cada vez que le oía hablar de Dios y del alma se sentía profundamente conmovido. Pero por no quedar mal con sus compinches que le habían oído su tonto juramento (que en verdad no le podía obligar, porque al que jura hacer algo malo, nunca le obliga a cumplir eso que ha jurado) y por no disgustar a esa malvada, mandó matar al santo precursor. Este es un caso típico de cómo un pecado lleva a cometer otro pecado. Herodes y Herodías empezaron siendo adúlteros y terminaron siendo asesinos. El pecado del adulterio los llevó al crimen, al asesinato de un santo. Juan murió mártir de su deber, porque él había leído la recomendación que el profeta Isaías hace a los predicadores: “Cuidado: no vayan a ser perros mudos que no ladran cuando llegan los ladrones a robar”. El Bautista vio que llegaban los enemigos del alma a robarse la salvación de Herodes y de su concubina y habló fuertemente. Ese era su deber. Y tuvo la enorme dicha de morir por proclamar que es necesario cumplir las leyes de Dios y de la moral. Fue un verdadero mártir. Una antigua tradición cuenta que Herodías años más tarde estaba caminando sobre un río congelado y el hielo se abrió y ella se consumió hasta el cuello y el hielo se cerró y la mató. Puede haber sido así o no. Pero lo que sí es histórico es que Herodes Antipas fue desterrado después a un país lejano, con su concubina. Y que el padre de su primera esposa (a la cual él había alejado para quedarse con Herodías) invadió con sus Nabateos el territorio de Antipas y le hizo enormes daños. Es que no hay pecado que se quede sin su respectivo castigo Señor: te rogamos por tantas parejas que viven sin casarse y en pecado. Perdónales y concédeles la verdadera conversión. Y te suplicamos que nunca dejes de enviarnos valientes predicadores, que como Juan Bautista no dejen a los pecadores estar tranquilos en su vida de pecado por que los puede llevar a la perdición, y que despierten las conciencias de sus oyentes para que cada uno prefiera morir antes que pecar.

 

Importancia de la Catequesis

IMPORTANCIA DE LA CATEQUESIS

Se ha dicho que los padres de familia son los primeros educadores de sus hijos. Y esta es una verdad innegable, pues ellos se encargan de guiar los primeros pasos de los niños, quienes empiezan por descubrir la realidad que les rodea. Luego los padres van inculcando el camino de fe en sus hijos. Les enseñan a conversar con Dios, a darle gracias por el don de la vida, la salud, el hecho de tener una familia, etc. Les enseñan a pedir perdón por los errores que cometemos y a pedirle las gracias que necesitamos para caminar por la senda indicada. Pero cuando los niños han adquirido uso de razón, los padres deben inscribir a sus hijos en la catequesis parroquial. Sin embargo, hay personas que no tienen muy claro el panorama sobre lo que significa la catequesis parroquial y diremos que es un proceso de formación bíblica y doctrinal, de maduración de la fe, una etapa de mayor conocimiento acerca de Dios, de nuestra Iglesia y de la respectiva comunidad parroquial. Además, es un proceso de años: 1) Iniciación. 2) Primer Nivel de Primera Comunión. 3) Segundo Nivel de Primera Comunión. 4) Primer Nivel de Confirmación. 5) Segundo Nivel de Confirmación. Pero es necesario que reflexionemos en la importancia que tiene este proceso de enseñanza-aprendizaje. No es suficiente que los padres inscriban a los niños en la parroquia. Es conveniente que también ellos se integren a este proceso formativo; que se preocupen por aprender junto a sus hijos lo que los catequistas les van compartiendo. Es indispensable que también los padres de familia participen en la catequesis familiar, que asistan a las reuniones de padres de familia, y lo que es más importante, ayuden a sus hijos en el cumplimiento de las tareas, deberes y trabajos. Muchas de estas tareas son compartidas y se prestan para realizar un trabajo complementario entre padres e hijos. Por otro lado, también es importante que los catequistas estén convenientemente preparados y que tengan continuidad y perseverancia. Que asistan a los cursos de formación, que tengan la adecuada capacitación a través de la lectura y autoformación sobre los temas que imparten. Que estén en coordinación y participen en las reuniones de catequistas a nivel de las zonas y vicarías, especialmente cuando se organizan convivencias, encuentros, talleres, etc. Que no se conformen con ceñirse a lo que trae la cartilla o el texto de catequesis, sino que preparen temas complementarios que son de mucha utilidad para los niños y adolescentes, cuyos valores les servirán para toda la vida. No olvidemos que la formación que se recibe en la niñez constituye la base del aprendizaje de una persona. De esta manera se estará dando la debida importancia a la catequesis parroquial, que es uno de los espacios más fundamentales dentro de la tarea de
evangelización que realiza la Iglesia. Si se toma en serio este proceso por parte de los padres de familia, ninos catequistas, bajo la sabia guía y la adecuada coordinación de sus respectivos párrocos y agentes de pastoral catequética, se logrará cumplir de mejor manera una formación integral en los aspectos humano, cristiano, espiritual, bíblico, doctrinal y social.

CULTURA CATOLICA / CATHOLIC CULTURE

Patrona de Perú, América y las Filipinas, la primera Santa de América solía decir: “Cuando servimos a los pobres y a los enfermos, servimos a Jesús”. Isabel Flores de Oliva nació en Lima (Perú) el 20 de abril de 1586 y fue bautizada el 25 de mayo de ese mismo año. Aunque su nombre verdadero era Isabel, en honor a su abuela materna, una india que servía a la familia la llamaba Rosa debido a que la niña tenía una extraordinaria belleza. Solamente sus parientes se dirigían a ella con ese nombre.
Junto a su hermano Fernando recibió una esmerada educación, algo excepcional para su época, y tuvo una profunda formación espiritual. Cuando tenía once años, su padre fracasó en la explotación de una mina y la familia enfrentó problemas económicos. Se mudaron a Quives, un pueblo cerca de Lima. En 1597, Santo Toribio de Mogrovejo, el entonces Arzobispo de Lima, le administró el sacramento de la Confirmación y la llamó Rosa. Al cumplir 20 años, la familia volvió a la capital. Isabel trabajaba todo el día en el huerto y durante la noche cosía ropa de familias pudientes para colaborar con el sostenimiento de su casa. A pesar de las dificultades, era una mujer feliz. Su intenso amor por el Crucificado la llevó a hacer un voto de virginidad. Consciente de su belleza, la Santa se restregaba la piel con pimienta para desfigurarse. En una ocasión, su madre le puso una corona de flores en la cabeza para lucirla ante unas visitas. Rosa se clavó una de las horquillas para hacer penitencia por esa vanidad. Otro día una mujer destacó la suavidad de sus manos y la finura de sus dedos. Inmediatamente la joven se talló las manos con barro. Santa Rosa de Lima luchó para arrancar el amor propio y la vanidad de su corazón. Realizaba intensos ayunos y pasaba las
noches en vela haciendo oración. Se mortificaba con una cinta de plata alrededor de su cabeza,
cuyo interior estaba lleno de puntas, para compartir los sufrimientos de Cristo con la corona de espinas. Sus padre intentaron casarla pero ella defendió su vocación. El 10 de agosto de 1606 ingresó como Terciaria en la Orden de Santo Domingo, imitando a Santa Catalina de Siena, su maestra espiritual. Por sugerencia de un sacerdote, aceptó que la llamaran Rosa de Santa María. Con la ayuda de su hermano Fernando construyó una ermita en un rincón del huerto de su casa donde oraba y realizaba sus mortificaciones. Ahí de jueves a sábado tenía experiencias místicas y experimentaba los sufrimientos de la Pasión. Santa Rosa salía de su ermita para ir a la iglesia de la Virgen del Rosario y para atender a los enfermos y esclavos. En estas labores era acompañada por San Martín de Porres. Ambos santos fueron amigos y los enfermos acudían a ellos para buscar la sanación. Su amor a Dios era tan ardiente que su tono de voz cambiaba y su rostro se encendía cuando hablaba de Él, lo que reflejaba el sentimiento que embargaba su alma. Lo mismo sucedía al estar en presencia del Santísimo Sacramento y cuando comulgaba. Santa Rosa sufrió la persecución y burla de sus amigos y familiares durante muchos años. Esta situación le causaba una profunda
desolación espiritual. También era tentada constantemente por el demonio. En 1615, un grupo de piratas quiso atacar la ciudad de Lima. Cuando ya estaban en el puerto del Callao, Santa Rosa y otras mujeres fueron a la iglesia de la Virgen del Rosario para rezar ante el Santísimo Sacramento. Incluso la Santa puso su cuerpo delante del sagrario para protegerlo. Días después murió el capitán de los piratas y estos se alejaron de la ciudad. Todos los limeños atribuyeron este “milagro” a Rosa.
La salud de la Santa decayó y fue a vivir con un matrimonio muy piadoso, Don Gonzalo de Massa y su mujer Doña María Uzategui. La pareja la consideraba como una hija y la cuidaron durante
tres años hasta su muerte. En medio de los sufrimientos, la joven oraba: “Señor, auméntame los sufrimientos, pero auméntame en la misma medida tu amor”. En el año 1617, durante el Domingo de Ramos ocurrió su “desposorio místico”. Mientras oraba delante de la Virgen del Rosario, el Niño Jesús le dijo: “Rosa de mi Corazón, yo te quiero por esposa”. Ella le respondió: “Señor, aquí tienes a tu inútil esclava; tuya soy y tuya seré para siempre”. En la Iglesia de Santo Domingo en el centro de Lima se conserva la loseta sobre la cual estaba de pie la Santa cuando sucedió el desposorio.Santa Rosa de Lima murió el 24 de agosto de 1617 a los 31 años. Durante su entierro, toda la ciudad se despidió de ella. Entre los asistentes se encontraban altas autoridades eclesiásticas, políticas
y el virrey. Muchas personas se acercaban al cadáver para arrancar un trocito de su hábito y tenerlo como reliquia. Al final los guardias tuvieron que dispersar a la gente porque llegaron incluso a arrancarle un dedo del pie. Fue sepultada en el claustro del Convento de los Dominicos y en 1619 en la capilla Santa Catalina de Siena. Su cráneo se encuentra en la iglesia de Santo Domingo junto a los cráneos de San Martín de Porres y San Juan Macías. Fue canonizada por el Papa Clemente X en 1671 y se convirtió en la primera Santa de América. El mismo Pontífice la declaró patrona principal del Nuevo Mundo (América), Filipinas e Indias Occidentales. “Probablemente no ha habido en América un misionero que con sus predicaciones haya logrado más conversiones que las que Rosa de Lima obtuvo con su oración y sus mortificaciones”, dijo el Papa Inocencio IX al referirse a ella.
En 1992 San Juan Pablo II expresó que la vida sencilla y austera de Santa Rosa de Lima era “testimonio elocuente del papel decisivo que la mujer ha tenido y sigue teniendo en el anuncio del Evangelio”.

La Transfiguracion del Señor / The Transfiguration

LA TRANSFIGURACION DEL SEÑOR

Jesús había anunciado a los suyos la inminencia de su Pasión y los sufrimientos que había de padecer a manos de los judíos y de los gentiles. Y los exhortó a que le siguieran por el camino de la cruz y del sacrificio (Mt 16, 24 ss). Pocos días después de estos sucesos, que habían tenido lugar en la región de Cesarea de Filipo, quiso confortar su fe, pues, -como enseña Santo Tomás- para que una persona ande rectamente por un camino es preciso que co-nozca antes, de algún modo el fin al que se dirige: “como el arquero no lanza con acierto la saeta si no mira primero al blanco al que la envía. Y esto es necesario sobre todo cuando la vía es áspera y difícil y el ca-mino laborioso… Y por esto fue conveniente que manifestase a sus discípulos la gloria de su claridad, que es los mismo que transfigurarse, pues en esta claridad transfigurará a los su-yos” (Sto. Tomás, Suma teológica).
Nuestra vida es un camino hacia el Cielo. Pero es una vía que pasa a través de la Cruz y del sacrificio. Hasta el último mo-mento habremos de luchar contra corriente, y es posible que también llegue a nosotros la tentación de querer hacer compati-ble la entrega que nos pide el Señor con una vida fácil, como la de tantos que viven con el pensamiento puesto exclusivamente en las cosas materiales… “¡Pero no es así! El cristianismo no puede dispensarse de la cruz: la vida cristiana no es posible sin el peso fuerte y grande del deber… si tratásemos de quitarle ésto a nuestra vida, nos crearíamos ilusiones y debilitaríamos el cristianismo; lo habríamos transformado en una interpretación muelle y cómoda de la vida” (Pablo VI, Alocución 8-IV-1966). No es esa la senda que indicó el Señor.
Los discípulos quedarían profundamente desconcertados al presenciar los hechos de la Pasión. Por eso, el Señor condujo a tres de ellos, precisamente a los que debían acompañarle en su agonía de Getsemaní, a la cima del monte Tabor para que con-templaran su gloria. Allí se mostró “en la claridad soberana que quiso fuese visible para estos tres hombres, reflejando lo espiri-tual de una manera adecuada a la naturaleza humana. Pues, rodeados todavía de la carne mortal, era imposible que pudie-ran ver ni contemplar aquella inefable e inaccesible visión de la misma divinidad, que está reservada en la vida eterna para los limpios de corazón” (San León Magno, Homilía sobre la trans-figuración), la que nos aguarda si procuramos ser fieles cada día.
También a nosotros quiere el Señor confortarnos con la espe-ranza del Cielo que nos aguarda, especialmente si alguna vez el camino se hace costoso y asoma el desaliento. Pensar en lo que nos aguarda nos ayudará a ser fuertes y a perseverar. No deje-mos de traer a nuestra memoria el lugar que nuestro Padre Dios nos tiene preparado y al que nos encaminamos. Cada día que pasa nos acerca un poco más. El paso del tiempo para el cristiano no es, en modo alguno, una tragedia; acorta, por el contrario, el camino que hemos de recorrer para el abrazo defi-nitivo con Dios: el encuentro tanto tiempo esperado.
El recuerdo de aquellos momentos junto al Señor en el Tabor fueron sin duda de gran ayuda en tantas circunstancias difíciles y dolorosas de la vida de los tres discípulos. San Pedro lo recor-dará hasta el final de sus días. En una de sus Cartas, dirigida a los primeros cristianos para confortarlos en un momento de dura persecución, afirma que ellos, los Apóstoles, no han dado a conocer a Jesucristo siguiendo fábulas llenas de ingenio, sino porque hemos sido testigos oculares de su majestad. En efecto Él fue honrado y glorifica-do por Dios Padre, cuando la sublime gloria le diri-gió esta voz: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien tengo mis complacencias. Y esta voz, venida del cielo, la oímos nosotros estando con Él en el monte santo (2 Pdr 1, 16-18). El Señor, momentáneamen-te, dejó entrever su divinidad, y los discípulos que-daron fuera de sí, llenos de una inmensa dicha, que llevarían en su alma toda la vida. “La transfiguración les revela a un Cristo que no se descubría en la vida de cada día. Está ante ellos como Alguien en quien se cumple la Alianza Antigua, y, sobre todo, como el Hijo elegi-do del Eterno Padre al que es preciso prestar fe absoluta y obe-diencia total” (Juan Pablo II, Homilía 27-II-1983), al que debe-mos buscar todos los días de nuestra existencia aquí en la tierra.
¿Qué será el Cielo que nos espera, donde contemplaremos, si somos fieles, a Cristo glorioso, no en un instante, sino en una eternidad sin fin? El misterio que celebramos no sólo fue un signo y anticipo de la glorificación de Cristo, sino también de la nuestra, pues, como nos enseña San Pablo, el Espíritu da testi-monio junto con nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos también herederos: herederos de Dios, cohe-rederos de Cristo; con tal que padezcamos con Él, para ser con Él también glorificados (Rom 8, 16-17). Y añade el Apóstol: Porque estoy convencido de que los padecimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria futura que se ha de manifestar en nosotros (Rom 8, 18). Cualquier pequeño o gran sufrimiento que padezcamos por Cristo nada es si se mide con lo que nos espera. El Señor bendice con la Cruz, y especial-mente cuando tiene dispuesto conceder bienes muy grandes. Si en alguna ocasión nos hace gustar con más intensidad su Cruz, es señal de que nos considera hijos predilectos. Pueden llegar el dolor físico, humillaciones, fracasos, contradicciones familia-res… No es el momento entonces de quedarnos tristes, sino de acudir al Señor y experimentar su amor paternal y su consuelo. Nunca nos faltará su ayuda para convertir esos aparentes males en grandes bienes para nuestra alma y para toda la Iglesia. “No se lleva ya una cruz cualquiera, se descubre la Cruz de Cristo, con el consuelo de que se encarga el Redentor de soportar el peso” (J. Escrivá de Balaguer, “Amigos de Dios”). Él es, Amigo inseparable, quien lleva lo duro y lo difícil. Sin Él cualquier peso nos agobia.
Si nos mantenemos siempre cerca de Jesús, nada nos hará ver-daderamente daño: ni la ruina económica, ni la cárcel, ni la enfermedad grave…, mucho menos las pequeñas contradiccio-nes diarias que tienden a quitarnos la paz si no estamos alerta. El mismo San Pedro lo recordaba a los primeros cristianos: ¿quién os hará daño, si no pensáis más que en obrar bien? Pe-ro si sucede que padecéis algo por amor a la justicia, sois biena-venturados.
Pidamos a Nuestra Señora que sepamos ofrecer con paz el dolor y la fatiga que cada día trae consigo, con el pensamiento puesto en Jesús, que nos acompaña en esta vida y que nos espe-ra, glorioso al final del camino. Y cuando llegue aquella hora en que se cierren mis ojos humanos, abridme otros, Señor, otros más grandes para contemplar vuestra faz inmensa. ¡Sea la muerte un mayor nacimiento! (J. Margall, Canto espiritual), el comienzo de una vida sin fin.


THE TRANSFIGURATION

This event is hard to understand. Why did it happen? What did it mean? Here are some things you need to know.
1What does the word “transfiguration” mean? The word “transfiguration” (Latin roots trans-“across” and figura-“form, shape”) means a change of form or appear-ance. This is what happened to Jesus in the event known as the Transfiguration: His ap-pearance changed and became glorious.
Who witnessed the Transfiguration? The three who are privileged to witness the event are Peter, James, and John, the three core disciples. (Andrew was not there or not included.)
Where did the Transfiguration take place? Luke states that Jesus took the three “on the mountain to pray.” This mountain is of-ten thought to be Mt. Tabor in Israel, but none of the gospels identify it precisely.
Why did the Transfiguration take place? The Catechism explains it this way: Christ’s Trans-figuration aims at strengthening the apostles’ faith in anticipation of his Passion: the ascent onto the ‘high mountain’ pre-pares for the ascent to Calvary. Christ, Head of the Church, manifests what his Body con-tains and radiates in the sacraments: ‘the hope of glory’ [CCC 568].
Why do Moses and Elijah appear on the mountain? Moses and Elijah represent the two principal components of the Old Testa-ment: the Law and the Prophets. Moses was the giver of the Law, and Elijah was consid-ered the greatest of the prophets. The fact that these two figures “spoke of his depar-ture, which he was to accomplish at Jerusa-lem” illustrates that the Law and the Proph-ets point forward to the Messiah and his sufferings.
What can we learn from this event? The Transfiguration was a special event in which God allowed certain apostles to have a privi-leged spiritual experience that was meant to strengthen their faith for the challenges they would later endure. But it was only a temporary event. It was not meant to be permanent. In the same way, at certain times in this life, God may give certain mem-bers of the faithful (not all of the faithful, all the time), special experiences of his grace that strengthen their faith. We should wel-come these experiences for the graces they are, but we should not expect them to con-tinue indefinitely, nor should we be afraid or resentful when they cease. They may have been meant only as momentary glimpses of the joy of heaven to sustain us as we face the challenges of this life, to help strengthen us on the road that will–ultimately–bring

Cultura Catholica / Catholic Culture

Respect For The World Begins With Respect For The Human Body

Christian bioethics must begin with the profound conviction of the irrevocable dignity of the human person.

Pope Francis: ‘Respect for the world begins with respect for the human body’

Pope Francis addresses the General Assembly of the Pontifical Academy of Life on Monday focusing his remarks on the theme of the two-day workshops: situating human life within the wider context of the globalized world.

The Pontifical Academy of Life is holding a two-day workshop 25-26 June. Pope Francis met with the participants on Monday and shared his thoughts with them regarding the theme: Equal Beginnings. But then? A global responsibility.

Science at the service of life

Pope Francis began saying that “human ecology” needs to be encouraged to consider “the ethical and spiritual quality of life in all of its phases”. Scientific studies on the human person are important, but need to be integrated within the broader realization of the person’s origins. Human life “bursts on the world scene with the wonder of world and thought, of affections and spirit”, the Pope said.

Working of death

When babies are exposed to privation and war; when the old are abandoned-“we instead preform the ‘dirty’ work of death”, Pope Francis continued. Christians must be strong in their inspiration and commit themselves ever more vigorously to work against such works sustained by sin, he said.

Dignity of the human person

Christian bioethics must not define the value of a person beginning from illness. it must begin with the “profound conviction of the irrevocable dignity of the human person, just as God `loves each person’ through every phase and in every condition of life, Pope Francis said.

Holistic Vision

A holistic vision should situate the person within the context of both the connections and differences we live, beginning with the human body. “It is through our body that the human person in a relationship with the environment and other living beings”, the Pope said, quoting Laudato  Si’, Those who understand the world as God’s gift have first accepted their bodies as God’s gift, he said.

Global bioethics

Relying on purely legal regulations or technical assistance in the bioethics field will never guarantee the dignity of the human person. That can only come from the “adequate support of a responsible human proximity”, Pope Francis said.

Life’s ultimate destination

A culture of life always looks toward life’s ultimate destination, Pope Francis concluded. Christian wisdom must passionately contribute to the thought that “humankind is destined to share in God’s life” after death where we all remain in eternal awe before all things “‘visible’ and ‘invisible’, hidden in the Creator’s womb”.

Un Salto de Fe

Un Salto de Fe

Hay muchas veces en la vida en que hay que tomar riesgos y fiarse totalmente de Dios y de otras personas para poder cumplir con la misión que tenemos en la vida. Para muchos de nosotros, eso significa buscar una vida mejor en otro país, pasando por toda clase de dificultades e incertidumbres. Para otros, significará dejar que nuestros hijos persigan sus sueños aunque temamos que no tengan éxito, o que vayan a sufrir Siempre que tenemos una relación, que comenzamos un trabajo, que nos cambiamos de casa o de ciudad, tomamos riesgos. Lo importante es estar convencidos de que lo que vamos a emprender o lo que vamos a aceptar, es lo que quiere Dios para nosotros. ¿Cómo podemos saber eso? Muchas veces tendremos que reflexionar, discernir, pedir consejos, orar sobre las cosas. El balance final está en el bien que se pudiera hacer -no ya a nosotros mismos, sino a nuestra familia, a nuestra comunidad o a la humanidad- Si la decisión que vayamos a tomar proclama la Buena Noticia; es decir, si supone el bien y la liberación de alguien, habrá que tomar esa resolución aunque tengamos temores y resulte arriesgado. La llamada de Dios a cualquier servicio, a la misión de evangelización de nuestra propia familia o de la comunidad, muchas veces supone muchas preguntas e inquietudes: ¿Y si no se como educar a mis hijos? ¿Y si me equivoco en mis relaciones con mi cónyuge u otras personas? ¿Y si no soy capaz de realizar ese servicio de catequesis, lectura, hospitalidad o colaboración en la parroquia? Otra seguridad que a veces necesitamos es la de que se va a reconocer nuestro trabajo, que se nos va a recompensar por lo que hacemos. En la cultura Americana se dice mucho ¿Qué hay en esto para mi? Pero Jesús les dice a sus seguidores que esa maleta, esa balsa de seguridad la Deben dejar atrás. También puede haber temor a lo que uno se encuentre. ¿Qué dificultades va a haber? ¿Qué obstáculos? ¿Qué rechazos? El temor puede paralizar. La confianza siempre libera y deja caminar.

Para la reflexión

¿Qué estoy sintiendo qué me pide Dios para el bien de los demás? ¿Qué seguridades necesitaría? ¿Soy capaz de ir a esa misión a la que Dios me envía sin “maletas”, es decir, sin contar con todas las seguridades que necesitaría? ¿Qué bien se podría lograr si yo realizara esa misión? ¿Estoy dispuesto hacerlo a pesar de todos mis temores a las dificultades y obstáculos?

 

Ser Profeta

¿Qué es ser profeta? Es posible que nos imaginemos a personas que pueden predecir el futuro o hacer cosas extraordinarias. Algo así como los que leen las cartas del Tarot o anuncian el horóscopo; sin embargo, ser profeta de Dios es algo bien distinto y mucho más extraordinario que el hacer todos esos prodigios que parecemos a veces esperar de los profetas. Es más extraordinario, porque es más heroico. Profeta es quien anuncia la palabra y la voluntad de Dios. Es quien cuestiona, desafía, advierte de los errores. Es también quien trae el consuelo y la esperanza de Dios para el pueblo. En general, el profeta es una persona incómoda, porque no siempre lo que dice es bien recibido. Más bien, muy pocas veces es bien recibido. Lo vemos en las lecturas de hoy, en Ezequiel, en Pablo, en el propio Jesús. Profetas, al estilo de Ezequiel, de Pablo y de Jesús, los tenemos constantemente alrededor. Lo difícil es reconocerlos, aceptarlos y escucharlos. Son personas normales, que viven cerca de nosotros pero que, con sus palabras o acciones, nos traen, por un lado la bondad y la Buena Noticia de Dios, y por otro la luz de ver en qué cosas nuestra propia vida no se ajusta a esa bondad y Buena Nueva. Función de los profetas es anunciar y denunciar; y eso a menudo incomoda. Al traer la palabra y el mensaje de Dios a nuestras vidas, muchas veces los profetas nos hacen ver dónde están nuestros errores, grandes o pequeños. Los desvíos en que, sin casi darnos cuenta, hemos caído. También nos desafían a mayores cosas y, posiblemente a algo que, aunque sea muy pequeño, puede ser heroico para nosotros, porque nos obligaría a salir de nosotros mismos, de nuestra comodidad y rutina. Algo como ocuparse más de otro, algo como escuchar las preocupaciones de los demás y ponerlas por delante de las propias. Es verdad que Jesús estaba “fuera de sí”. En el sentido más literal de la palabra, el profeta tiene que estar “fuera de sí”, no loco, sino sabio con la sabiduría de Dios que pide vivir para los demás en lugar de para uno mismo. No es fácil. Tendemos, por la naturaleza humana, a pensar primero en los propios intereses y las propias necesidades. Los profetas, “fuera de sí”, invitan a sacar el centro de nosotros mismos y ponerlo primero en Dios y luego en los demás. No se trata de nada que no hayamos escuchado mil veces en los Diez Mandamientos: “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma y todas tus fuerzas, y al prójimo como a ti mismo”; sin embargo, llevarlo a cabo, es lo que resulta extraordinario y heroico, porque pide una consciencia diaria entregada a los demás, y porque exige mucho sacrificio propio. Al invitarnos a salir fuera de nosotros mismos, los profetas nos invitan al mismo tiempo a nuestra profunda identidad cristiana. Como bautizados somos profetas, sacerdotes y reyes. Casi nada. Nos llaman a lo extraordinario dentro de nuestras vidas, que nos pueden resultar “ordinarias”. Ser profeta, es decir, estar “fuera de sí” en la vida normal, tiene un precio. A algunos les parecerá que somos tontos, locos o sin sentido de la vida. A algunos profetas también los han perseguido. Es difícil, pero a todos los profetas se les ha prometido —y cumplido— algo muy especial. Es la palabra del Señor que estará siempre con ellos y pondrá las palabras adecuadas en su boca. No tengan miedo, les dice.

Para la reflexión
¿En qué momentos siento que se me pide mucho? ¿Pongo condiciones para hacerlo? ¿Qué me mueve? ¿Alguna vez me he sentido criticado por hacer lo que pensaba que debía hacer?

¿Que es el perdon verdadero?

Qué es el Perdón Verdadero “Puedo perdonar, pero no olvidar” es sólo otra forma de decir “no voy a perdonar”. Cuando hagas el compromiso de perdonar a otra persona, pide al Señor que te sane completamente del daño que la otra persona causó en tu vida; solo de esta manera podrás perdonar, olvidar y empezar de nuevo. Te comparto una historia Sobre Qué es el Perdón Verdadero Apareció en la CNN la entrevista a una mujer ruandesa, esta mujer se encontraba sentada en torno a una mesa tomando el té con la entrevistadora, quien la presentó como una mujer que había perdido a cinco de sus familiares, pues los habían asesinado, en la contienda entre los Hutus y los Tutsis (dos etnias rivales quienes llevaron a cabo uno de los genocidios más pavorosos del siglo XX) . Al otro lado de la mesa había un hombre, este hombre era el mismo que había cometido el delito; un hombre a quien la mujer ha perdonado y que va todos los viernes a tomar el té a su casa. La entrevistadora asombrada le pregunta a la mujer cómo es posible que pueda haberlo perdonado después de un acto tan atroz, a lo que la mujer ruandesa responde: “Mis familiars han muerto y debo pensar más allá de ello; no perdonar a este hombre sería como volver a vivir su muerte porque perpetuaría aquel crimen…” explica: “el crimen cometido es de una barbarie insoportable, pero no es inhumano porque lo hizo un humano quien ahora siente una pena tremenda; es una pena que debo aceptar”. Viendo yo esto pensaba: “esta mujer tan extraordinaria… es una mujer sencilla, una campesina que entiende dónde está la verdad. sobre el perdón” Aprende a soltar y deja que Dios se encargue del asunto.

“Ve primero a reconciliarte con tu hermano” Mateo 5:20-26

 

Catholic Culture / Cultura Catolica

CELEBREMOS EL:
TIEMPO ORDINARIO
En el Calendario Litúrgico
(P. Antonio Rivero L.C)

Este tiempo se convierte así en un gimnasio auténtico para encontrar a Dios en los acontecimientos diarios Ordinario no significa de poca importancia, anodino, insulso, incoloro. Sencillamente, con este nombre se le quiere distinguir de los “tiempos fuertes”, que son el ciclo de Pascua y el de Navidad con su preparación y su prolongación. Es el tiempo más antiguo de la organización del año cristiano. Y además, ocupa la mayor parte del año: 33 ó 34 semanas, de las 52 que hay. El Tiempo Ordinario tiene su gracia particular que hay que pedir a Dios y buscarla con toda la ilusión de nuestra vida: así como en este Tiempo Ordinario vemos a un Cristo ya maduro, responsable ante la misión que le encomendó su Padre, le vemos crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios su Padre y de los hombres, le vemos ir y venir, desvivirse por cumplir la Voluntad de su Padre, brindarse a los hombres… así también nosotros en el Tiempo Ordinario debemos buscar crecer y madurar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor, y sobre todo, cumplir con gozo la Voluntad Santísima de Dios. Esta es la gracia que debemos buscar e implorar de Dios durante estas 33 semanas del Tiempo Ordinario. Crecer. Crecer. Crecer. El que no crece, se estanca, se enferma y muere. Debemos crecer en nuestras tareas ordinarias: matrimonio, en la vida espiritual, en la vida profesional, en el trabajo, en el estudio, en las relaciones humanas. Debemos crecer también en medio de nuestros sufrimientos, éxitos, fracasos. ¡Cuántas virtudes podemos ejercitar en todo esto! El Tiempo Ordinario se convierte así en un gimnasio auténtico para encontrar a Dios en los acontecimientos diarios, ejercitarnos en virtudes, crecer en santidad…y todo se convierte en tiempo de salvación, en tiempo de gracia de Dios. ¡Todo es gracia para quien está atento y tiene fe y amor! El espíritu del Tiempo Ordinario queda bien descrito en el prefacio VI dominical de la misa: “En ti vivimos, nos movemos y existimos; y todavía peregrinos en este mundo, no sólo experimentamos las pruebas cotidianas de tu amor, sino que poseemos ya en prenda la vida futura, pues esperamos gozar de la Pascua eterna, porque tenemos las primicias del Espíritu por el que resucitaste a Jesús de entre los muertos”. Este Tiempo Ordinario se divide como en dos “tandas”. Una primera, desde después de la Epifanía y el bautismo del Señor hasta el comienzo de la Cuaresma. Y la segunda, desde después de Pentecostés hasta el Adviento. Les invito a aprovechar este Tiempo Ordinario con gran fervor, con esperanza, creciendo en las virtudes teologales. Es tiempo de gracia y salvación. Encontraremos a Dios en cada rincón de nuestro día. Basta tener ojos de fe para descubrirlo, no vivir miopes y encerrados en nuestro egoísmo y problemas. Dios va a pasar por nuestro camino. Y durante este tiempo miremos a ese Cristo apóstol, que desde temprano ora a su Padre, y después durante el día se desvive llevando la salvación a todos, terminando el día rendido a los pies de su Padre, que le consuela y le llena de su infinito amor, de ese amor que al día siguiente nos comunicará a raudales. Si no nos entusiasmamos con el Cristo apóstol, lleno de fuerza, de amor y vigor…¿con quién nos entusiasmaremos? Cristo, déjanos acompañarte durante este Tiempo Ordinario, para que aprendamos de ti a cómo comportarnos con tu Padre, con los demás, con los acontecimientos prósperos o adversos de la vida. Vamos contigo, ¿a quién temeremos? Queremos ser santos para santificar y elevar a nuestro mundo.


What is Ordinary Time?

The rhythm of the liturgical seasons reflects the rhythm of life — with its celebrations of anniversaries and its seasons of quiet growth and maturing. Ordinary Time, meaning ordered or numbered time, is celebrated in two segments: from the Monday following the Baptism of Our Lord up to Ash Wednesday; and from Pentecost Monday to the First Sunday of Advent. This makes it the
largest season of the Liturgical Year. In vestments usually green, the color of hope and growth, the Church counts the thirty-three or thirty-four Sundays of Ordinary Time, inviting her children to meditate upon the whole mystery of Christ – his life, miracles and teachings – in the light
of his Resurrection. If the faithful are to mature in the spiritual life and increase in faith, they must descend the great mountain peaks of Easter and Christmas in order to “pasture” in the vast verdant meadows of tempus per annum, or Ordinary Time. Sunday by Sunday, the Pilgrim Church marks her journey through the tempus per annum as she processes through time